El 15 de agosto amanecía con repique de campanas y quema de pólvora en
la pequeña capital guatemalteca de principios del siglo pasado. Era día de misa de tres padres con nubecitas
de incienso, de estreno de vestido y
fiestas en honor a la Patrona de la ciudad, la Virgen de la Asunción.
Con las celebraciones patronales llegaban las bullas y la feria al
nuevo Valle de la Ermita. Cada agosto bajaban de la provincia romerías de
comerciantes, artesanos y ganaderos, que poblaban los llanos de la feria con su
cargamento de tanates, redes, canastos y bestias. Se asentaban al norte de la ciudad, en el
antiguo pueblo de Jocotenango, en tiendas improvisadas hechas con cañas y manta
blanca, debajo de una inmensa ceiba, tan antigua como la ciudad.
El jolgorio duraba una semana en los campos de la feria, y el mero 15 la gente llegaba desde
temprano, alegre, sonando pitos de
barro. Visitaban los corrales para
negociar ganado y los puestos de venta con enseres de casa: ponchos y jergas de
lana, caites, jarcias, loza de barro vidriado,
jícaras, juguetes y un repertorio grande de fruta, tabletas de dulce y
coco, melcochas de tusa, pan dormido y de mashtate, y costalitos de
manías.
De los potreros y fincas de
oriente llegaban los vaqueros de piel
muy blanca y ojos zarcos como de gato a vender su ganado. Venían a trote, arriando los caballos y reses
por extravíos y caminos de herradura hasta llegar a los llanos aledaños a la
feria en donde los ponían a pastar. Los
vaqueros se quedaban aparte, cuidando a sus bestias, como lo hacían los gitanos
roba niños, comedores de carne de caballo, cuando visitaban la feria con sus
carromatos. Llegaban a golpe de rueda y
vendían peroles y apastes de cobre tan necesarios para cocinar el dulce de
leche y guayaba.
A sus más de trescientos años
de existencia, y a pesar de los avatares de los tiempos, la Feria de
Jocotenango sigue aún vivita y coleando: fresca, dinámica, colorida y
popular. Con olor a garnacha frita, a
buñuelo en miel y elote loco. Con pinta
de tatuaje y de mujer tarántula; cursilona como paisaje chino aterciopelado en
verde chinto: una fotografía bullanguera
con los colores de nuestro tiempo.
María
Elena Schlesinger
Julio 2012.
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