viernes, 20 de julio de 2012

La Feria por María Elena Schlesinger



El 15 de agosto amanecía con repique de campanas y quema de pólvora en la pequeña capital guatemalteca de principios del siglo pasado.  Era día de misa de tres padres con nubecitas de incienso, de estreno de vestido y  fiestas en honor a la Patrona de la ciudad, la Virgen de la Asunción.
Con las celebraciones patronales llegaban las bullas y la feria al nuevo Valle de la Ermita. Cada agosto bajaban de la provincia romerías de comerciantes, artesanos y ganaderos, que poblaban los llanos de la feria con su cargamento de tanates, redes, canastos y bestias.  Se asentaban al norte de la ciudad, en el antiguo pueblo de Jocotenango, en tiendas improvisadas hechas con cañas y manta blanca, debajo de una inmensa ceiba, tan antigua como la ciudad. 
El jolgorio duraba una semana en los campos de la feria,  y el mero 15 la gente llegaba desde temprano,  alegre, sonando pitos de barro.  Visitaban los corrales para negociar ganado y los puestos de venta con enseres de casa: ponchos y jergas de lana, caites, jarcias, loza de barro vidriado,  jícaras, juguetes y un repertorio grande de fruta, tabletas de dulce y coco, melcochas de tusa,  pan  dormido y de mashtate, y costalitos de manías.
  De los potreros y fincas de oriente llegaban los  vaqueros de piel muy blanca y ojos zarcos como de gato a vender su ganado.  Venían a trote, arriando los caballos y reses por extravíos y caminos de herradura hasta llegar a los llanos aledaños a la feria en donde los ponían a pastar.  Los vaqueros se quedaban aparte, cuidando a sus bestias, como lo hacían los gitanos roba niños, comedores de carne de caballo, cuando visitaban la feria con sus carromatos.  Llegaban a golpe de rueda y vendían peroles y apastes de cobre tan necesarios para cocinar el dulce de leche y guayaba.
 A sus más de trescientos años de existencia, y a pesar de los avatares de los tiempos, la Feria de Jocotenango sigue aún vivita y coleando: fresca, dinámica, colorida y popular.  Con olor a garnacha frita, a buñuelo en miel y elote loco.  Con pinta de tatuaje y de mujer tarántula; cursilona como paisaje chino aterciopelado en verde chinto:  una fotografía bullanguera con los colores de nuestro tiempo. 


María Elena Schlesinger
 Julio 2012.

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