34 aniversario del arte posmoderno
guatemalteco
MarciaVázquez
La posmodernidad desde la perspectiva del arte
ha recorrido ya cincuenta años –en los años 70 se empieza a hablar de
arquitectura posmoderna– bien cimentada en la idea de la desaparición del objeto
y la presencia del concepto o de la idea detrás del primero. Los postulados de
la posmodernidad entre otros, son la
validez de la apropiación de las obras, además
de obviar la reinterpretación de la realidad, que nos fija en un lugar y en un momento preciso de la existencia —lo que estaba presente en las imágenes precedentes
sean estas clásicas o vanguardistas, la
posmodernidad hizo que perdiera su sentido— pero a cambio, esta postmodernidad no
aporta ni ética ni estéticamente nada nuevo. En Guatemala recién empieza a hacerse sentir en los
años noventa y sin duda sigue vigente, por lo que una reflexión al respecto
parece oportuna.
La tradición nos dice que los eventos
importantes para el ser humano se celebran o conmemoran en los lustros, las
décadas o los siglos, pero he dado a este texto un título que no marca ningún hito en la historia del
arte nacional, esto es porque tampoco lo marcan las exposiciones que se suceden una tras otra con lo mismo de
lo mismo, con los soportes y los medios, a estas alturas del desarrollo de las
artes y la tecnología, anacrónicos: muñecos icónicos del heroísmo pop, juguetes
bélicos, siluetas para ejercicio de tiro, alienación y un sinfín de reclamos
resabidos que han perdido su efectividad y están vacios de contenido. Irrelevantes en tanto que reiterados.
En el arte contemporáneo guatemalteco, con
pocas excepciones, no se ve un cambio, un avance que vaya en proporción a la
enorme cantidad de artistas nuevos que llenan múltiples espacios de exposición,
nunca antes visto. Lo que hay es
estancamiento en su crítica al consumismo, el poder, el machismo o la
sexualidad, la violencia y sus derivados. Durante más de treinta años, treinta
y cuatro para ser exactos, partiendo del gorro de piñata camuflado hasta nuestros
días, se han repetido y se siguen repitiendo incansablemente.
Motivos todos abordados desde una postura
pseudofilosófica y pseudoconceptual. Es entonces, la incapacidad del
arte para transformar la vida cotidiana. Se vislumbra una falsa promesa, o goce de la obra. En otras palabras, son
intrascendentes. Son artistas visuales que ya sin ninguna originalidad, y en
muchos casos copiando a otros o a sí mismos siguen el trillado camino recorrido
por otros artistas desde el Río Grande hasta el Canal de Beagle. Artistas que
insisten en presentarse a exposiciones con más audacia que talento.
La percepción es que los artistas se quedaron
congelados en medio de esos discursos que apoyados en soportes poco
convencionales, evidentemente descontextualizados y en ocasiones deconstruidos
pretenden implicar una interacción comunicativa entre el artista y el
destinatario mediado por la obra, pero que no convencen ni aportan nada nuevo, aunque
se presenten, como antes se dijo, con aires de conceptualismo y profundad
filosófica, donde no hay más que cierto grado de habilidad y técnica.
Todo muy válido en el momento final de la
posmodernidad, mas carente de asombro desde el pragmatismo de la recepción, o
lo que el observador extrae de lo que el objeto no dice, tal como apunta Barthes:
“lo que produce el placer o el goce de la obra de arte”.
Esta es una de las líneas paralelas por las que
transita el arte en Guatemala. La otra, sin extenderme demasiado en el tema, es
la de un arte moderno anodino, que reincide en los motivos de la
figura humana deformada, con lo cual evidencia su falta de dominio del dibujo,
o se acomoda al discurso colorista, a lo cursi para usar un término castellano,
y a lo que se vende. Retoma como asunto
de las obras lo vernáculo, cuando no lo religioso o un socorrido paisaje
colorido mas desdibujado: iconos agotados todos como pretexto de un juego que
quiere ser arte. A este espectáculo que llana en la mediocridad, se suma la
falta de correspondencia entre los títulos de las exposiciones y las obras
expuestas.
¿Por qué
no enfrentar la realidad y todo lo que queda por resolver en un país
tercermundista inmerso en la pobreza, la miseria y las desigualdades como un desafío para abordarlo desde el universo
de la imaginación? O para mayor facilidad, regresar a la mímesis sin mayores
pretensiones.
La respuesta está en manos de los artistas
contemporáneos.
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