Margarita ha hecho de lo
cotidiano una divisa, un filón donde su expresión parece contrastar
notablemente con otros códigos que ella conoce muy bien; como sería, por
ejemplo, el abstraccionismo de su primera obra plástica:
Un día me reconocí viajera
peregrina
por la constante mutante
en mi vida y ese día
mi casa quedó resumida
a la cotidianidad .
Lo cotidiano en Margarita es
una puerta hacia el antiguo vínculo del ser humano con su entorno. Observamos
que su palabra parte del sencillo espacio de su diaria realidad, para alzarse,
toda luz, en una dimensión de profunda plenitud personal:
Cuando me enfrento a lo cotidiano
sola
a secas y sin
masticar
sin música de fondo
sin cigarro
sin copita
sin babyrose
sola ante el universo
de día a día
sin compañía
y en el silencio
de mi interior
lo más probable
es que prenda el fuego
y me ponga a cantar.
La palabra de Margarita es,
por tanto, una especie de levitación hacia esferas que con tanta frecuencia
ignoramos, porque estamos en medio del fulgor sin palparlo, sin aspirar su
polen bienhechor:
El miedo como la marea bajó
cuando a la luz del amanecer
me descubrí
caminando sobre la playa
al lado del mar
sin nada menos
y sin nada más
que las plantas de mis pies.
La palabra de Margarita, en
este libro, es algo más que un elogio de lo cotidiano: es el descubrimiento
total de su ser femenino, aquel que se alza, humilde y altivo al mismo tiempo,
en la dualidad del ángel y demonio:
Despertar en el paraíso
pero sin Adán
sola y
reina
única dueña de mi ser
como debería ser
para soñar
y crearme una imagen diferente
de mi serpiente.
A propósito de El libro de Margarita por Delia Quiñonez
. Guatemala, 20 de febrero de 1992.
Texto cortesía de la artista.
Texto cortesía de la artista.
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