Parece que sobran las razones para abordar el tema de la memoria. La memoria es la eterna búsqueda de un remoto presente, aquello tan inasible como cercano: la memoria milenaria de los pueblos que se halla en su lenguaje, en sus gestos sencillos y comunes, donde también subyacen las tragedias acumuladas tanto como la imaginación y la esperanza.
La historia registra episodios de neblina. Esos tramos del camino donde todo se borra y pareciera imposible ver lo más próximo. Tarde o temprano el manto espeso se disipa y surge la claridad. La claridad permite ver lo que dejamos atrás y lo que está por venir. La neblina no borra las huellas, tampoco cierra la brecha, tan sólo oscurece lo que es inobjetable. Hagamos la comparación entonces entre la memoria, el camino y lo velado, negar el camino es un esfuerzo tan deleznable como inventar la verdad. Ninguna verdad impuesta dura lo suficiente, ninguna memoria se hace verdad a la fuerza, tarde o temprano vuelve la luz sobre las cosas.
Guatemala esta inmersa en su propia neblina. No puede ver hacia el pasado ni esclarecer su presente y su futuro. Existen demasiadas fuerzas condensadas en el aire, fuerzas que no van a desaparecer de la noche a la mañana. Hallar verdades acerca de nuestro pasado inmediato es rasgar heridas que no cierran. Retornar a un lugar que nunca dejamos, donde los peores temores se dan cuando todo se ilumina y se exhiben todas las atrocidades.
Creo que fue hasta el inicio de esta década cuando por fin comenzamos la resignación. Luego de la difícil negociación y la confortable jubilación que representaron los Acuerdos de Paz para la clase política comprometida con el exterminio de su propio país, devino el peor de los males, el regateo de los costos de la guerra. Detrás centenas de miles de muertos. Detrás poblaciones enteras destruidas. Detrás exilios, torturas, secuestros. Detrás un crimen bien organizado que cuenta con afiliados sobrevivientes de las ideologías redentoras de nuestra pequeña Guerra Fría. Así y con números fríos los informes: el Ejército cometió la mayoría de las masacres y la guerrilla unas cuantas. Así acaba la cosa, así como si nada.
Sin embargo no hay crímenes perfectos, ni siquiera en Guatemala. Para probarlo están documentos de sobra que se mantuvieron resguardados en esa suerte de invención kafkiana que es el Archivo de la Policía Nacional. Lugar que ha dado también como resultado una de las novelas guatemaltecas que más me han impresionado, El material humano, de Rodrigo Rey Rosa. Esa construcción que imagino como un laberinto que encierra al peor de los minotauros.
Para hablar entonces de la película “La Isla” de Uli Stelzner, deseo referir a un fragmento de mi columna “El Intruso” del matutino Siglo XXI y que dice entre otras cosas:
Tuve la oportunidad de ver La Isla, la película más reciente de Uli Stelzner, y puedo decir que no salí ileso de ella. Este trabajo documental aborda la espinosa temática de la memoria histórica, pero vista desde los escombros de un archivo repleto de atrocidades. Los personajes son los folios y folios de documentos desclasificados de la Policía Nacional, alrededor de los cuales se presentan vidas atravesadas por un dolor muy profundo. Para quienes les toca revisar y ordenar las piezas del rompecabezas, hallar los rostros de familiares y amigos desaparecidos por el terrorismo de Estado, hace que su testimonio calque una huella inmediata en el espectador. Por otro lado están quienes se acercan buscando, entre esa nomenclatura de códigos y fotografías, una pista que les dé una luz acerca de sus desaparecidos. Durante una hora y media la película indaga en la pregunta, ¿cómo es posible que estas heridas se borren, así nomás, como si nada?, y nos provoca a repensar el rumbo que lleva nuestro país al no querer enfrentar su propia verdad.
A través de un trabajo honesto y coherente Stelzner ha creado documentos cinematográficos invaluables, pero es en La Isla donde encuentro mayor claridad. La estructura impecable y el muy relevante trabajo de cámara de Guillermo Escalón hacen que esta producción sea un logrado y poético testimonio.
Muchas Gracias.
Javier Payeras, 15 de abril 2010
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