miércoles, 29 de enero de 2014

La memoria es una plusvalía extraña

"Alegría compartida" Roberto González Goyri, 1993


LA MEMORIA ES UNA PLUSVALÍA EXTRAÑA
Javier Payeras
El criterio es acaso el más difícil de los trabajos técnicos relacionados con el arte. Quizá porque estamos acostumbrados a que se mencione que la belleza es algo subjetivo, pero también porque dentro de nuestros incipientes conocimientos anotamos que el arte es necesariamente “bello”.
Ejercer el criterio tiene algo de tormento. Equivocarse es un riesgo constante. La normalidad es que muy pocos críticos logren alcanzar alguna trascendencia. Quien dispara su opinión en contra o a favor de una obra de arte escribe un testamento. Su juicio es sujeto de juicio. Abre la posibilidad hacia lo perdurable o construye una brecha que nadie se atreverá a cruzar. Señalar, anotar y concluir son cargas demasiado pesadas para un ser humano, sobre todo en algo tan cambiante e inconcluso como la creación artística.
La obra maestra no es otra cosa que un cúmulo de juicios alrededor de algo elaborado. Juicios trascendentes o juicios apresurados. Tal cosa –el juicio- es lo que se conserva tanto en la memoria impresa como en las adscripciones colectivas. La memoria que tiene su propia plusvalía, la memoria que es una plusvalía extraña.
La memoria es inversión en todo lo que tasamos como arte. Porque más allá del lucro, el mercantilismo y el adormecimiento consumista de las subastas o las facturas de efecto detrás de un tema, de un autor o de una obra de arte en específico, es la memoria la que realmente conserva el valor y la disposición para que el trabajo creativo de un autor mantenga fresco su paso entre una y otra generación. Cualquier novedad (de sobreestima apresurada) termina siendo como la botella de champaña que, una vez destapada, va perdiendo su sabor original; sabor que a la posteridad pasará únicamente como un resabio, una suerte de enlace entre dos acontecimientos relevantes. En el criterio siempre existe el riesgo de quedarse atrapado en el entusiasmo como certeza, dejando orillada esa impopular –pero necesaria- observación franca del desapego.
La inversión en la memoria está de baja por estos tiempos. Cubrir su costo requiere de un esfuerzo que, en momentos tan proclives a lo desechable, solo parece despertar el interés de mecenazgos que dan valor a la trascendencia de la cultura en la historia. Siendo (en países con precarias instituciones gubernamentales relacionadas con el tema) la única fuente de ingresos para la organización de museos, bibliotecas o de colecciones de arte.
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Acumular no es categorizar. Porque la acumulación sin juicio, no es otra cosa que llenar espacios. Esa suerte de epidemia de horror vacui que lleva a colmar hasta el ridículo cada espacio habitable.
Tanto el gusto como el mal gusto son temperaturas. El sustantivo, tanto en su afirmación como en su negación, presenta un problema. Puede que aquella cosa sin valor actual, represente un importante testimonio de su época. Puede que aquello cotizado hasta las nubes gracias a una eficiente labor publicitaria, termine almacenado entre las toneladas de chatarra que las generaciones presentes dejaremos como carga al futuro.
De la misma forma, acumular obras de arte no es coleccionar. Una colección se hace a partir de discriminar entre lo que realmente tiene sustento. Al adquirir una obra de arte, el coleccionista no busca a partir de su propio juicio y darle con éste un valor al trabajo seleccionado. Busca criterios diversos y contrastantes -aunque siempre informados- que puedan asesorarle tanto en el valor artístico, como en el valor histórico, antropológico o científico de lo adquirido. Una pieza es la representación y el concepto que se vuelven cultura a través de una reflexión congelada para el futuro.
La coherencia de una colección se refleja en lo que nos muestra. La claridad en cuanto a su selección puede darnos luces acerca del criterio con que fueron adquiridas. Los ejemplos más admirados son los más audaces. Un caso emblemático es el de Peggy Guggenheim, que apostó desde muy joven por la adquisición de artistas modernos; adquirir obras fundamentales del siglo XX fue su legado, comprando el trabajo de forma directa con los mismos artistas, muchos de ellos marginados de los círculos autocomplacientes de la subasta y de la galería. Su inversión fue visionaria por su oído siempre receptivo a escuchar a varios interlocutores, siendo acaso el más genial de ellos, Marcel Duchamp. Hoy día, su apellido significa museos, significa becas, significa publicaciones… su presencia en el arte contemporáneo es innegable a casi cuatro décadas de su muerte.
Así es como una colección no se arma con los cuadros que decoran una sala, sino con el riguroso estudio de los objetos que dan voz a la memoria. Especializada o no, una colección es asunto de heredar un valor, un espacio de convivencia.
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Alrededor del arte, suceden mil cosas. Unos artistas pueden trabajar día y noche recluidos en sus estudios leyendo o perfeccionando sus técnicas; otros pueden ser activistas capaces –literalmente- de sacudir montañas para dejar bien clara su postura política; otros pueden hallar en los estrechos más asfixiantes de nuestra cotidianidad su objeto de valor; otros pueden experimentar en su obra aquellas voces que vienen del pasado; otros pueden darnos silencios, gritos, máscaras… Pero alrededor del arte siempre sucede algo.
El riesgo de escribir acerca de La Importancia del Arte, es que tal tema nunca llega a un puerto seguro. Acaso porque hay pocos ojos dispuestos a leer, pocos ojos dispuestos a ver y pocos oídos dispuestos a escuchar. Así que tal asunto termina siempre entre convencidos. Pero corriendo el riesgo de atizar una vieja discusión, pienso que el arte es importante porque significa “símbolos”. Símbolos que luego nos reúnen, nos enlazan. Son esos espacios de convergencia donde el tiempo se explica desde la vida misma. Lo hallado en una fotografía, en una escultura, en un dibujo o en una pieza de diseño no es más que el vínculo entre la experiencia y el pensamiento.
Actualmente las colecciones de arte son espacios de formación y apoyo para investigadores, creadores y especialistas en diversos temas. Organizan exposiciones con regularidad, abren sus puertas para que el público pueda conocer el acervo que poseen y mantienen agendas pedagógicas para reforzar el arte en los centros educativos.
La educación es el punto de partida. Explicamos el arte, para explicar que existimos. Los nuevos públicos que se forman desde niños en la apreciación de una obra, reciben ese complemento sensible que pone una distancia entre la palabrería enajenada por la repetición de datos y la dialéctica del pensamiento crítico-propositivo. Cuando existe la meta de resguardar la memoria, quien asume tal compromiso también permanece. De eso que invertir en cultura, es orientar la cultura; organizar la cultura es permanecer en la cultura. Y cultura es todo lo que nos trasciende.

Texto para revista Galería de Fundación G&T Continental No. 46, enero 2014.



viernes, 24 de enero de 2014

Registros por Regina Prado


 La crisis ecológica es,  sin lugar a dudas, un tema que ha emergido en los últimos  años y relacionado al arte para ser más específicos, en los discursos de la eco-estética, dado que existe una emergencia ecológica mundial.    La ciudad de Guatemala vive un cambio climático acelerado debido a corrientes de aire provenientes de ciertas áreas que suelen llevar partículas contaminantes hacia el sur. El viento va en declive. La crisis de contaminación que ha generado la sociedad tecnológica industrial contemporánea le ha dado la bienvenida a otro factor que disminuye la calidad de vida: “la contaminación visual”.  El entorno es alterado de una manera dramática por la cantidad de anuncios, carteles, panorámicos, cables, antenas de telefonía celular y luminosidad, afectando así las condiciones y calidad de vida de los habitantes de una ciudad. 

Las obras de Regina Prado nos hacen cuestionarnos y nos colocan en evidencia este desequilibrio que se vive en la ciudad, desde un punto de vista estético, se enlaza con una fuerte preocupación política de la ecología; en un nivel subjetivo nos cuestiona sobre la condición y responsabilidad respecto a la libertad individual, en un medio ambiente social que nos debemos unos a otros. La artista nos recuerda como los modos de vida tanto individuales como colectivos, se han convertido en “razor ribbon”, esas mallas metálicas llenas de púas que lejos de ofrecernos seguridad, nos aíslan del diálogo, de la convivencia, de la humanidad. 

Regina Prado realiza un registro en fotografía y video sobre  la contaminación del paisaje, el caos urbano-humano, así como la huella que ha dejado un plástico desgastado, elemento que nos hace un llamado de atención a reflexionar sobre el crecimiento desmedido de la ciudad, la producción y el consumo, ¿Es éste nuestro único motor de bienestar? 

La artista delinea una serie de cercas de malla y tótems contemporáneos, crea monstruos sobrenaturales que se desdibujan en la ciudad acechándonos; y es que así es la contaminación, un monstruo que nos vigila o persigue con cautela para no ser notado.
Las obras que se exhiben en estos “registros” de la artista Regina Prado, hacen un vínculo entre arte contemporáneo y ecología política, dado que no se puede desvincular lo estético en los procesos sociales y lo subjetivo.

Sandra Monterroso. 18.01.2014.