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| "Alegría compartida" Roberto González Goyri, 1993 |
LA
MEMORIA ES UNA PLUSVALÍA EXTRAÑA
Javier Payeras
Javier Payeras
El criterio es acaso
el más difícil de los trabajos técnicos relacionados con el arte. Quizá porque
estamos acostumbrados a que se mencione que la belleza es algo subjetivo, pero
también porque dentro de nuestros incipientes conocimientos anotamos que el
arte es necesariamente “bello”.
Ejercer el criterio
tiene algo de tormento. Equivocarse es un riesgo constante. La normalidad es
que muy pocos críticos logren alcanzar alguna trascendencia. Quien dispara su
opinión en contra o a favor de una obra de arte escribe un testamento. Su
juicio es sujeto de juicio. Abre la posibilidad hacia lo perdurable o construye
una brecha que nadie se atreverá a cruzar. Señalar, anotar y concluir son
cargas demasiado pesadas para un ser humano, sobre todo en algo tan cambiante e
inconcluso como la creación artística.
La obra maestra no es
otra cosa que un cúmulo de juicios alrededor de algo elaborado. Juicios
trascendentes o juicios apresurados. Tal cosa –el juicio- es lo que se conserva
tanto en la memoria impresa como en las adscripciones colectivas. La memoria
que tiene su propia plusvalía, la memoria que es una plusvalía extraña.
La memoria es
inversión en todo lo que tasamos como arte. Porque más allá del lucro, el
mercantilismo y el adormecimiento consumista de las subastas o las facturas de efecto detrás de un tema, de
un autor o de una obra de arte en específico, es la memoria la que realmente
conserva el valor y la disposición para que el trabajo creativo de un autor mantenga
fresco su paso entre una y otra generación. Cualquier novedad (de sobreestima
apresurada) termina siendo como la botella de champaña que, una vez destapada,
va perdiendo su sabor original; sabor que a la posteridad pasará únicamente
como un resabio, una suerte de enlace entre dos acontecimientos relevantes. En
el criterio siempre existe el riesgo de quedarse atrapado en el entusiasmo como
certeza, dejando orillada esa impopular –pero necesaria- observación franca del
desapego.
La inversión en la
memoria está de baja por estos tiempos. Cubrir su costo requiere de un esfuerzo
que, en momentos tan proclives a lo desechable, solo parece despertar el
interés de mecenazgos que dan valor a la trascendencia de la cultura en la
historia. Siendo (en países con precarias instituciones gubernamentales
relacionadas con el tema) la única fuente de ingresos para la organización de
museos, bibliotecas o de colecciones de arte.
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Acumular no es
categorizar. Porque la acumulación sin juicio, no es otra cosa que llenar espacios.
Esa suerte de epidemia de horror vacui
que lleva a colmar hasta el ridículo cada espacio habitable.
Tanto el gusto como
el mal gusto son temperaturas. El sustantivo, tanto en su afirmación como en su
negación, presenta un problema. Puede que aquella cosa sin valor actual,
represente un importante testimonio de su época. Puede que aquello cotizado
hasta las nubes gracias a una eficiente labor publicitaria, termine almacenado
entre las toneladas de chatarra que las generaciones presentes dejaremos como
carga al futuro.
De la misma forma,
acumular obras de arte no es coleccionar. Una colección se hace a partir de
discriminar entre lo que realmente tiene sustento. Al adquirir una obra de arte,
el coleccionista no busca a partir de su propio juicio y darle con éste un
valor al trabajo seleccionado. Busca criterios diversos y contrastantes -aunque
siempre informados- que puedan asesorarle tanto en el valor artístico, como en
el valor histórico, antropológico o científico de lo adquirido. Una pieza es la
representación y el concepto que se vuelven cultura a través de una reflexión
congelada para el futuro.
La coherencia de una
colección se refleja en lo que nos muestra. La claridad en cuanto a su
selección puede darnos luces acerca del criterio con que fueron adquiridas. Los
ejemplos más admirados son los más audaces. Un caso emblemático es el de Peggy
Guggenheim, que apostó desde muy joven por la adquisición de artistas modernos;
adquirir obras fundamentales del siglo XX fue su legado, comprando el trabajo
de forma directa con los mismos artistas, muchos de ellos marginados de los
círculos autocomplacientes de la subasta y de la galería. Su inversión fue
visionaria por su oído siempre receptivo a escuchar a varios interlocutores,
siendo acaso el más genial de ellos, Marcel Duchamp. Hoy día, su apellido
significa museos, significa becas, significa publicaciones… su presencia en el
arte contemporáneo es innegable a casi cuatro décadas de su muerte.
Así es como una
colección no se arma con los cuadros que decoran una sala, sino con el riguroso
estudio de los objetos que dan voz a la memoria. Especializada o no, una
colección es asunto de heredar un valor, un espacio de convivencia.
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Alrededor del arte,
suceden mil cosas. Unos artistas pueden trabajar día y noche recluidos en sus
estudios leyendo o perfeccionando sus técnicas; otros pueden ser activistas
capaces –literalmente- de sacudir montañas para dejar bien clara su postura
política; otros pueden hallar en los estrechos más asfixiantes de nuestra
cotidianidad su objeto de valor; otros pueden experimentar en su obra aquellas
voces que vienen del pasado; otros pueden darnos silencios, gritos, máscaras…
Pero alrededor del arte siempre sucede algo.
El riesgo de escribir
acerca de La Importancia del Arte, es que tal tema nunca llega a un puerto
seguro. Acaso porque hay pocos ojos dispuestos a leer, pocos ojos dispuestos a
ver y pocos oídos dispuestos a escuchar. Así que tal asunto termina siempre
entre convencidos. Pero corriendo el riesgo de atizar una vieja discusión,
pienso que el arte es importante porque significa “símbolos”. Símbolos que
luego nos reúnen, nos enlazan. Son esos espacios de convergencia donde el
tiempo se explica desde la vida misma. Lo hallado en una fotografía, en una
escultura, en un dibujo o en una pieza de diseño no es más que el vínculo entre
la experiencia y el pensamiento.
Actualmente las
colecciones de arte son espacios de formación y apoyo para investigadores,
creadores y especialistas en diversos temas. Organizan exposiciones con regularidad,
abren sus puertas para que el público pueda conocer el acervo que poseen y
mantienen agendas pedagógicas para reforzar el arte en los centros educativos.
La educación es el
punto de partida. Explicamos el arte, para explicar que existimos. Los nuevos
públicos que se forman desde niños en la apreciación de una obra, reciben ese
complemento sensible que pone una distancia entre la palabrería enajenada por
la repetición de datos y la dialéctica del pensamiento crítico-propositivo.
Cuando existe la meta de resguardar la memoria, quien asume tal compromiso
también permanece. De eso que invertir en cultura, es orientar la cultura;
organizar la cultura es permanecer en la cultura. Y cultura es todo lo que nos
trasciende.
Texto para revista Galería de Fundación G&T Continental No. 46, enero 2014.

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