ENCARNACIÓN (I)
“Todos somos putas”. Carlos Fabretti
Este sábado se inaugura la exposición fotográfica “Encarnación” de José
Manuel Mayorga, sobre una selección de fotos tomadas del Archivo Histórico de
la Policía Nacional. Resulta interesante
que, en tiempos de la revolución liberal (1881), surgiera en el seno de la
Policía, un registro de “ménades” destinado a inscribir a las mujeres que
manifestaran su voluntad de ejercer la prostitución. Ménades es el nombre de aquéllas mujeres
míticas, seres divinos vinculados a Dionisio, la deidad del vino y del
exceso. Eran desbocadas, rebeldes y
fuera de control. Y ¿qué puede ser más temible que una mujer fuera de
control?
Ciertamente, la historia muestra cómo la organización social se ha
preocupado de someter a la mujer a una estricta normativa que se afinca
especialmente sobre su cuerpo y sexualidad.
La mujer es el vientre que asegura la descendencia. De allí que proteger la “legitimidad” de la
prole pasa por controlar la sexualidad de la madre. La madre de los hijos debe ser casta y
permanecer al cuidado de las normas implacables de fidelidad conyugal
(aplicables sólo a la mujer).
El matrimonio implicaba una normativa de control sobre el comportamiento
femenino que, de no acatarse, cernía sobre su vida el horrible espectro de la
soltería y, con ello, no tener medios de subsistencia. En otras palabras, el matrimonio fue, por
muchos años, un oficio que le permitía a la mujer sobrevivir, aunque en
situación de perpetua dependencia del varón.
La prostituta es una mujer que se sale de la norma. No juega el juego de la castidad, ni se
convierte en un vientre reproductor. Se adueña de su cuerpo y, en un acto de
libertad, decide hacer con él lo que prefiere: vender placer. Y no solamente eso. Se lo vende ese poderoso
“otro” masculino, poniéndose en situación de igualdad con él. Ambos celebran un negocio: ella brinda
placer, él paga. El placer sexual es una preciosa mercancía y, en la historia
de la humanidad, las prostitutas que han sabido manejar su juego han sido
mujeres poderosas.
Sin embargo, el estigma cuelga siempre sobre cualquiera que decida quebrar
la normativa social y colocarse al margen. Para la sociedad “decente” las
prostitutas son seres caídos. Y uno se
pregunta ¿cuál es el fondo de este asunto? No se trata de castigar su
inclinación mercantilista. El
intercambio de preciosos bienes humanos a cambio de dinero no es ajeno a la
sociedad “decente”. La gente de bien
vende tiempo, lealtad, libertad, principios, a cambio de dinero.
El problema de la prostituta es la mercancía que ofrece: placer
sexual. Y es aquí que le caen encima
todos los tabúes y se convierte en una mujer marcada. Una mujer que debe
“registrarse” y ser controlada.
Publicado en elPeriódico el 8 de marzo del 2013
Publicado en elPeriódico el 8 de marzo del 2013

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