LA PINTURA DE ROLANDO
IXQUIAC XICARÁ
Por Juan B. Juárez
I
La pintura de Rolando Ixquiac Xicará debe su originalidad histórica,
temática y estilística al origen maya-quiché del artista, que le da no sólo
otra perspectiva a su mirada sino también otra dirección y otro sentido a la
evolución de su obra. Ha sido una
ligereza de críticos, curadores e historiadores del arte hacerla derivar de la
influencia formal de otros artistas, pues lo que la define es propiamente su
contenido conflictivo y beligerante, esa especie de tensión vital interna que
le da otro significado a las inevitables influencias formales que le vienen de
las más diversas fuentes, y que no permite caracterizarla como secuela de la
obra de ningún otro pintor ni tampoco incluirla mecánicamente en movimientos
artísticos históricos de amplitud nacional, continental o universal, como el
realismo mágico, la nueva figuración o el surrealismo.
Su condición de artista maya le señaló, en efecto, al lento proceso de
la construcción de su obra y de su pensamiento otras necesidades expresivas y
otras funciones de autoconocimiento y afirmación en medio de una sociedad que,
a pesar de los esfuerzos de los últimos años en materia de tolerancia e
interculturalidad, no termina de renegar de una parte de su esencia y de su
historia, esa parte que precisamente es la que Rolando Ixquiac Xicará
representa. Así, desde los años de su
formación como artista se enfrentó con un rechazo tan profundo y total que lo
excluía incluso de la ideología y de las motivaciones y los propósitos
políticos y sociales de la primera etapa de la guerra interna que entusiasmaban
a algunos artistas/maestros de la Escuela de Artes Plásticas, de manera que,
desde la perspectiva de los que en el campo artístico se consideraban
protagonistas del cambio, su obra y su persona mantenían el carácter exótico de
su indianidad y seguían quedando al margen del pensamiento progresista y
revolucionario que definía la actualidad histórica de la Guatemala de los años
60 y 70 del siglo pasado.
Y es que su situación en aquellos años de formación era —y en parte
sigue siendo— excepcional y contradictoria.
Era el único estudiante indígena en la Escuela Nacional de Artes
Plásticas y después se convirtió en el primer artista maya cuya obra no era
primitivista ni folclórica, sino que respondía a la actualidad artística,
social y política de Guatemala, del continente americano y del tercer mundo en
la época de los movimientos nacionales de liberación. Y era contradictoria porque en aquellos años,
para aquel movimiento político y para aquellos artistas/maestros el concepto de
Nación, de lo “nacional” y de un arte correspondiente, aún no incluía a la
parte indígena de la sociedad guatemalteca y, por tanto, parecía que a Ixquiac
Xicará no le correspondía expresarse en ese lenguaje artístico de la actualidad.
Indígena en la ciudad de Guatemala, artista en vez de campesino, urbano
en vez de rural, culto, inteligente y cosmopolita en lugar de ignorante,
aislado y atado a su terruño, Rolando Ixquiac se negó, sin embargo, al desarraigo
al que lo condenaba su situación excepcional y contradictoria, y su obra es el
resultado de sus esfuerzos por hacer que a los valores de la cultura maya se
les reconozcan no sólo la orgullosa vigencia que poseen en el presente sino
también la participación determinante que tienen en la construcción histórica
de una identidad guatemalteca que hasta ahora se sigue manifestando como
fragmentada, enfermiza y deformada, respondiendo a conceptos y a intereses
excluyentes, de manipulación y dominación económica, social, cultural y política.
II
Artista lúcido y consciente, su obra no
puede separarse del pensamiento crítico que la sustenta. Es más, su obra y su pensamiento son las dos
caras de un mismo esfuerzo por conocerse, asumirse rescatarse y afirmarse en
medio de aquella situación excepcional y contradictoria que lo niega y lo
margina. Y en ese contexto que lo
excluye, pintar ha sido su modo de conocer, de hacerse consciente y de expresar
lo que conoce y siente. De allí que la evolución de su obra muestre al mismo
tiempo una gradual orientación hacia la claridad conceptual, al refinamiento
formal de su lenguaje plástico y a una especie de atinada astucia estratégica
que agrega a los valores estéticos de su expresión el elemento sorpresa de un
argumento sutil e inesperado. Y es que
su obra siempre ha tenido el carácter de respuesta afilada que se esgrime
frente a una realidad sobrecogedora, de argumento que se plantea no dentro de
un diálogo amistoso sino dentro de una polémica con una realidad que tiende a
descalificarlo como ser humano y como artista.
III
Rolando Ixquiac Xicará es un artista que trabaja sin prisa, que
construye pacientemente sus imágenes palpando y escrutando la riqueza sensual y
semántica de los materiales, de cada gesto técnico, de cada elemento plástico y
de cada área del espacio pictórico, de manera que, al final, cada obra es un
logro expresivo y un hallazgo formal que se presenta como una unidad de
sentido. Así, maravillados por el color
fulgurante y esplendoroso, rico en matices y sutilezas que caracteriza a su
obra, los espectadores usualmente no se detienen en lo que cada obra relata ni
en el dibujo que articula esas imágenes que, además de sensuales y reveladoras,
han sido también largamente pensadas.
En este sentido es un acierto que en esta muestra el espectador pueda
encontrar a la par de los trabajos más recientes, dibujos, grabados y acuarelas
de otras épocas que el artista ha conservado como algunas madres atesoran los
primeros zapatos y los juguetes favoritos de sus hijos. Así, teniendo a la vista ese conjunto de
obras, no deja de ser paradójico que en su obra de madurez el dibujo y la línea,
es decir lo que aprehende la forma y define el concepto, muestren no sólo una
deliberada torpeza sino que además ya no se afanen en la búsqueda de la
objetividad de lo real sino que persigan las formas huidizas de la imaginación
y la fantasía; igualmente, tampoco se presentan como producto de un intelecto
en el punto más alto de su desarrollo sino más bien como el balbuceo gráfico,
inocente e ingenuo de un niño en la edad de la ternura. Las obras de otras
épocas revelan, en contraste, a un dibujante preciso en sus trazos y
observaciones y a unas intenciones expresivas que nunca han sido inocentes; al
contrario, han sido muy valientes y arriesgadas hasta la temeridad.
Observaciones similares se pueden hacer con relación el carácter del
lenguaje plástico, que de realista, simbólico y directo ha devenido en
poético-mítico, alusivo y sutil. Estos
cambios quizás se expliquen por la creciente madurez del artista y esa especie
de sentido estratégico que mencionamos anteriormente, que, por decirlo de
alguna manera, pasó de devolver los golpes recibidos a construir argumentos con
imágenes complejas que apelan a la sensibilidad y a la conciencia del
espectador. Por otro lado, ese lenguaje
poético también lo ha conducido a una lúcida profundización en el “espíritu” de
su cultura, de manera que en sus imágenes recobra vigencia la antigua
cosmovisión maya, que es precisamente la que, en el contexto de la sociedad
guatemalteca, hace que el indio sea “el otro”.
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Texto para la exposición Obra para mi desolvido. 26 de marzo al 29 de abril 2014. Galería El Túnel, ciudad de Guatemala.
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