viernes, 23 de septiembre de 2016

Lo escrito por Agnes Imbert



Como escritora, mis metáforas se forman en imágenes, por eso, escribir un cuento es como esculpir realidades paralelas, posibilidades que surgen de una idea que aparece en el entorno, tal como Diana Fernández, cuando encuentra la poesía o la narrativa en el alabastro, el bronce o sus técnicas mixtas.


Llegué de República Dominicana con el fin de estar hoy aquí y contarles que cuando tomé contacto con los alabastros de esta gran escultora, maga de la forma, no pude sino escribir el cuento que ahora les leeré, como presentación de su trabajo. Porque yo no soy de teorías del arte ni de análisis metamórficos, sino mi conexión con la obra de Diana, es de corazón a corazón, tal como la de ustedes, amable público presente, que me escucha esta noche y atendió al llamado de esta exposición retrospectiva de la artista.


"Llevo un tiempo observándote y te has dado cuenta. Te elegí entre muchas, porque me pareciste única. Fue en aquel instante que rocé mis dedos sobre tu piel, cuando me aceptaste de una manera grácil, casi imperceptible, cuando nuestras energías se sacudieron al unísono, haciendo que cada fibra de mi cuerpo respondiera a tu hermosa energía.
A partir de entonces, supe que me ofrecías ¡todo! todo lo mejor de ti. Fue un contrato divino el que pactamos. Nos sumimos desde entonces en un éxtasis de entrega sin reservas, fundiendo alma y cuerpo para unirnos mientras haya vida. Eres muy fuerte, eso lo sé y por eso debo ser suave contigo, acariciarte para que te rindas y me entregues tus maravillas.  Recuerdo cuando te dije:
 -Te prometo que seré paciente, aunque a veces creas que soy una bestia grosera, mi intención es descubrir lo mejor de ti, confía en mí.-
Y te quedaste fría, rígida, como si no me entendieras o no me creyeras. ¡Dios! eres dura y tan inocente a la vez, ¡Me encantas! 
Empiezo a acariciarte y nunca puedes resistirte al toque de mis manos,  suavemente las deslizo por todas tus ondulaciones, recovecos, espacios dulces y ásperos. No dejo jamás un sólo ápice sin tocar con tanto amor. Nadie nunca te había hurgado de esta manera. Siempre pensaste que eras insignificante, a veces hasta creías que eras fea. Y eso porque el tiempo se encargó de endurecerte con cicatrices visibles, te hiciste estoica,  ocultando lo mejor de ti, con mucho miedo de parecer vulnerable. En realidad, nadie más que yo te había hecho sentir tan hermosa antes.   
Cuando mis dedos te recorren, siento cómo lo disfrutas, muy tímidamente al comienzo, para luego ir cediendo y terminar brindándote a mi voluntad, sin reservas.
A cada momento te sientes más libre, confías más, y todos los átomos de tu cuerpo vibran bajo la presión calculada que ejerzo sobre ti. Te desmoronas y puedo ver como te desvaneces y de pronto, emerges  ¡hermosa! He logrado traer a la luz lo que guardas para ti de la vista golosa de los demás.  Me duele el grosero desbaste del principio, pero cuando mis manos te pulen y brillas traslúcida, sé que mi trabajo escultórico cumplió su función cosmogónica de traer especies nuevas al mundo de los antiguos alabastros."

Agnes Imbert



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