Como
escritora, mis metáforas se forman en imágenes, por eso, escribir un cuento es
como esculpir realidades paralelas, posibilidades que surgen de una idea que
aparece en el entorno, tal como Diana Fernández, cuando encuentra la poesía o
la narrativa en el alabastro, el bronce o sus técnicas mixtas.
Llegué
de República Dominicana con el fin de estar hoy aquí y contarles que cuando
tomé contacto con los alabastros de esta gran escultora, maga de la forma, no
pude sino escribir el cuento que ahora les leeré, como presentación de su
trabajo. Porque yo no soy de teorías del arte ni de análisis metamórficos, sino
mi conexión con la obra de Diana, es de corazón a corazón, tal como la de
ustedes, amable público presente, que me escucha esta noche y atendió al llamado
de esta exposición retrospectiva de la artista.
"Llevo un tiempo observándote y
te has dado cuenta. Te elegí entre muchas, porque me pareciste única. Fue en
aquel instante que rocé mis dedos sobre tu piel, cuando me aceptaste de una
manera grácil, casi imperceptible, cuando nuestras energías se sacudieron al
unísono, haciendo que cada fibra de mi cuerpo respondiera a tu hermosa energía.
A partir de entonces, supe que
me ofrecías ¡todo! todo lo mejor de ti. Fue un contrato divino el que pactamos.
Nos sumimos desde entonces en un éxtasis de entrega sin reservas, fundiendo
alma y cuerpo para unirnos mientras haya vida. Eres muy fuerte, eso lo sé y por
eso debo ser suave contigo, acariciarte para que te rindas y me entregues tus
maravillas. Recuerdo cuando te dije:
-Te prometo que seré
paciente, aunque a veces creas que soy una bestia grosera, mi intención es
descubrir lo mejor de ti, confía en mí.-
Y te quedaste fría, rígida,
como si no me entendieras o no me creyeras. ¡Dios! eres dura y tan inocente
a la vez, ¡Me encantas!
Empiezo a acariciarte y nunca puedes resistirte al
toque de mis manos, suavemente las deslizo por todas tus ondulaciones,
recovecos, espacios dulces y ásperos. No dejo jamás un sólo ápice sin tocar con
tanto amor. Nadie nunca te había hurgado de esta manera. Siempre pensaste que
eras insignificante, a veces hasta creías que eras fea. Y eso porque el tiempo
se encargó de endurecerte con cicatrices visibles, te hiciste estoica,
ocultando lo mejor de ti, con mucho miedo de parecer vulnerable. En
realidad, nadie más que yo te había hecho sentir tan hermosa antes.
Cuando mis dedos te recorren, siento cómo lo
disfrutas, muy tímidamente al comienzo, para luego ir cediendo y terminar
brindándote a mi voluntad, sin reservas.
A cada momento te sientes más libre, confías más, y
todos los átomos de tu cuerpo vibran bajo la presión calculada que ejerzo sobre
ti. Te desmoronas y puedo ver como te desvaneces y de pronto, emerges
¡hermosa! He logrado traer a la luz lo que guardas para ti de la vista
golosa de los demás. Me duele el grosero desbaste del principio, pero
cuando mis manos te pulen y brillas traslúcida, sé que mi trabajo escultórico
cumplió su función cosmogónica de traer especies nuevas al mundo de los
antiguos alabastros."
Agnes Imbert
Agnes Imbert

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