FUNSILEC 2017 - Del arte al niño - Homenaje
“Detrás de toda obra de peso se encuentra el trabajo,
la pasión, el desvelo e incluso la obsesión”.
-Rodolfo Abularach
Autodidacta en pintura y escultura, Rodolfo Abularach (Guatemala, 1933) empezó a dibujar desde niño y como cualquier niño, pero realmente su talento no era el de cualquiera. Durante una convalecencia, se puso a dibujar toreros pues su padre había construido una Plaza de Toros en Jocotenango y esas escenas le eran familiares. Mario Alvarado Rubio, sorprendido por esos toreros, le organizó una exposición en la Escuela de Artes Plásticas cuando Abularach contaba con 14 años. Durante sus años en el colegio siguió pintando y, más tarde, intentó estudiar arquitectura, pero no le duró mucho el entusiasmo.
Estuvo en Los Ángeles en el Pasadena
City College en 1953. En un viaje a México, conoció la obra de Orozco y de
Picasso. Carlos Mérida le aconsejó salir
de Guatemala. Se sintió entonces capaz
de soltar la mano e improvisar. En 1954,
expuso en la Galería del grupo Arcada. Hacía
apuntes de motivos mayas como el Baile de la Conquista e hizo copias de
instrumentos precolombinos y máscaras. Pintó de todo. Frecuentaba a Humberto
Garavito, Miguel Ángel Ríos e Hilary Arathoon.
Juntos salían al campo y a los pueblos y con ellos aprendió figura humana
e hizo retratos. Fue entonces que entró
a la Escuela de Arquitectura y confirmó que no era para él. Estudió por su cuenta a los pintores
clásicos, hizo copias de Vermeer, Rembrandt, Rubens y Velásquez sin tener a la
vista los originales.
De 1956 a 1958, fue profesor de dibujo en la Escuela Nacional de Artes
Plásticas y en 1957 de pintura. Roberto Cabrera, César Izquierdo, Rafael Pereyra,
Marco Augusto Quiroa, Elmar René Rojas y otros más fueron sus alumnos. Fue becado entonces por la Dirección de Bellas
Artes para estudiar grabado en metal y litografía en el Art Students League en Nueva York.
Viajó por Boston, Filadelfia y Chicago.
Como muchos pintores, estaba interesado en la luz y el claroscuro. Buscaba luz con líneas cruzadas. Realizó dibujos a tinta de millares de trazos
rítmicos y pacientes que le absorbían horas de trabajo, le gastaban
innumerables plumillas y le adiestraban en trazos finos y enmarañados. El movimiento se le fue fijando en la mano
que de por sí ya era muy diestra por su afición y buen dominio de la guitarra. Sus
obras de más de dos metros se llenaron de densas y depuradas urdimbres. Fueron hechas a pluma con una labor paciente
y meditada donde el conjunto de líneas creaba una tonalidad y sugería texturas.
En diciembre de 1958, el Museo de Arte Moderno adquirió una de ellas. Luego
también le interesaron al director de la Sección de Arte Visual de la OEA y al
cabo de siete meses de trabajo, hizo su primera exposición en esa institución en
Washington.
Siguió dibujando durante tres años. Sus trazos de líneas se cruzaban por
millones en cuadrícula que formaban círculos concéntricos con focos en blanco,
focos de luz. Eran como “llenar un universo entero en un trozo de papel”. Fue
así como dio con el ojo que se convirtió en el motivo que trabajó durante largo
tiempo y en diferentes técnicas.
Abularach ha viajado mucho y su talento le obtuvo distintas becas. Ha sido uno de los artistas de la generación
de los años cincuenta y sesenta que se dio a conocer en Nueva York –el Museo de
Arte Moderno de esa ciudad compró grabados suyos– y contribuyó a fijar un nicho
para Guatemala en el horizonte del arte latinoamericano del siglo XX.
Sus temas taurinos, sus retratos, los visionarios y reveladores ojos, la
naturaleza volcánica que explota en sus lienzos y las imágenes religiosas han ido
atestiguando su fértil creatividad que ha dado frutos no solo en la pintura
sino en el grabado y la escultura. Particularmente conocido por los ojos, en
ellos y en todos los temas y técnicas que ha abordado, se revela el mundo
interior de un artista que ha ojeado hacia fuera, pero que recomienda mirar
siempre hacia adentro.
Propios de este artista son la sutileza, el estar en el detalle y la
visión en conjunto. Por ser buen
observador, nunca ha dejado de mirar hacia adentro. De allí que sus obras combinen la pausa y la
pasión, la energía y la meditación. La dimensión rítmica de sus obras parece
estar conseguida por una composición que le pide permiso y asume el espacio en
una especie de danza bien llevada.
Su práctica del budismo zen, lo esotérico y el yoga le han llevado a
simplificar y a olvidarse de sí mismo. Y, como él mismo ha apuntado: “en ese
olvidarse de uno mismo es de donde surgen los milagros”.
s. herrera u.
agosto, 2017

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