Memoria y tiempo
como realidad
Por: Oswaldo J. Hernández
La geometría, lo abstracto y el color, en la
pintura de un autor como Rudy Cotton, han logrado trazar la cartografía de un
proceso vigente a lo largo de tres décadas de trabajo. Su obra, desde cierta
retrospectiva, cuenta una gran historia. Una narración de sucesos, unos tras
otros, en los que incluye personas, además lugares. Cotton ha tomado gran parte
de sus recuerdos y los ha utilizado para construir pequeños
episodios. Cada pintura es un testimonio de su recorrido. Usa su memoria y con
ello consigue articular un viaje, largo, lleno de metáforas, de idas y
retornos. La realidad está ahí –en cada trazo– como algo cercano, rodeada de
tiempo, retratada de tal manera que no sea fácil de olvidar.
Se trata del trabajo de un observador que
tras treinta años de pintura no ha quedado indiferente a lo que le ha rodeado.
De tal cuenta recorrer su trabajo es contar también una serie de anécdotas, a
veces críticas, otras nostálgicas, que construyen un ir y volver, para luego
detenerse en aquellos momentos precisos, importantes, que Cotton ha enmarcado
entre las ciudades y las montañas. Entre Francia y Guatemala. Entre personajes
y lugares. En el espacio de todos sus recuerdos.
Hay también leyendas en la pintura de Rudy
Cotton. Desde sus inicios evocó voces y personajes míticos que culturalmente
han situado posibilidades de símbolos identitarios, rasgos o sentido de
pertenencia. Sus primeras acuarelas (El
Sombrerón, Mujer Llorando, 1983) son acaso premonición del viaje en la
memoria que envolvería todo su trabajo.
Rudy Cotton es su trazo, gusta de la
inmensidad de un cielo despejado. Gusta de la calma y el silencio como
profundidad. No hay tormentas ni tormentos en sus horizontes o en su estilo. Al
contrario, sus panorámicas están cargadas de quietud e impavidez. Funcionan de
argumento, de trasfondo, y de igual forma, como escenario en el que se
desarrolla la existencia, la cotidianidad, el recuerdo en constante resistencia
o en pugna con el destino. Sus cuadros representan escenas de una historia que
está a punto de suceder, o que ha venido sucediendo, y capturados en un impasse
temporal existen como parámetros agudos para destacar la fragilidad y el
desconcierto de la movilidad. A punto de convertirse todo en un recuerdo.
Así los fragmentos, los colores segmentados y
las figuras desasociadas con que Cotton genera un volumen y multiplica los
juegos de la luz en sus pinturas, adquieren la cualidad de lo envolvente.
Atrapan al espectador. La abstracción como metáfora de la geometría. La
neutralidad como oxímoron del concepto de actividad.
Por eso las nubes, montañas y rostros. Por
eso las siluetas sugeridas en situaciones de
diálogos permanentes. Los retratos, gestos y cuerpos. Las ciudades,
ladrillos o paisajes. Sus últimas cuatro series (Estampas del trópico, Testigos presenciales, Almas de la Montaña,
Imágenes Albigenses) retratan y sintetizan episodios en la vida de Cotton
como viajero y artista, y quizá lo más importante, como espectador acucioso del
entorno, testigo del transcurso del tiempo, de los humanos a su alrededor, de
los amigos circunstanciales y de la cultura de dos naciones, entre Guatemala y
Francia.
Hay en estos últimos trabajos una alegoría de
la cotidianidad y muy poco silencio. Muchos personajes que en la sugestión de
sus formas nos regresan una mirada de ojos muy abiertos, que mantienen gestos
muy atentos sobre nosotros sin que lleguen, tras una reciproca contemplación, a
lo insoportable. Sin embargo detallan un marco cultural significativo, un
paisaje de sociedad: la manera en que en Guatemala procura invisible al otro,
la indiferencia con aquellos que habitan en las áreas profundas de nuestro
trópico, y la incomodidad que se genera en ellos en lo habitual de ser
ignorados. Por eso hay un reclamo y por eso regresan la mirada. En esencia, si
hay alguna crítica social en el trabajo de Cotton, es que ellos, como estampas
o como testigos o como almas, también existen y son alguien. Tienen identidad.
Son parte de la realidad. Cotton los procesa mediante un lienzo y los vuelve
evidencia de una particular interpretación. No cosifica ni plantea nuestros
entornos como algo folclórico. Mantiene un equilibrio. Son, en sí, ejercicios
de la memoria, de tomar una distancia necesaria para que desde lejos, en el
tiempo, como lo hizo tras diez años de permanencia en la ciudad de Albi,
Francia (1985-1996), broten precisiones para describir una escena. Una manera
suya de comprender y extrañar y pintar un origen, de plasmar un país como
Guatemala.
No obstante, luego de una década, el
ejercicio se revierte y Cotton lo diseña interesante. Siempre el juego consiste
en el filtro de sus recuerdos. Alguna vez añoró Guatemala, sus imágenes, su
gente, sus ciudades y conflictos. Ahora, tras su regreso, la dinámica consiste
en intentar extrañar Francia, a Albi, su ciudad por más de diez años. Imágenes albigenses (2011-2012) es el
sumario exacto de lo que podría significar, en síntesis, el trabajo de este
artista. Consiste en plasmar un panorama entero, la existencia como hilo
conductor, y recopilar con esto episodios puntuales que trasladados al color y
la geometría reivindican el hecho de su acontecimiento. Un “haber estado allí”.
Entonces desanda los pasos, busca un origen, conmemora, repasa, descubre
soluciones y cosecha alguna reflexión. Rudy Cotton es la memoria como tiempo.
Lo ha hecho antes. Lo hizo muchas veces. Las
cruces, los pájaros o los cráneos. Las leyendas, las lunas o las travesías. Los
nahuales, los volcanes y los lagos. Los manantiales, las encrucijadas y las
raíces. Las máscaras, los trajes y los rituales. El espíritu y el alma. Los
paisajes. Hay en ello -en su pintura- una intención de erradicar lo
aparentemente inanimado, cuestionar el olvido, y resolver la problemática de lo
efímero con la estética. Se trata de intentar lo permanente.
Y desde luego sus influencias están presentes
en cada trazo. Desde el taller de Toulouse Lautrec en la vecindad de su
domicilio en Albi, Francia. El consejo de sus maestros en sus inicios, en voz
de Anleu Díaz, Dagoberto Vásquez o Max Saravia Gual. La amistad y los intereses
compartidos con artistas entrañables como Moisés Barrios, Luis Díaz, Elmar
Rojas, César Izquierdo, Ramón Ávila, Roberto Cabrera, Rodolfo Abularach o
Efraín Recinos. Así como también persisten las referencias literarias,
importantes, al nivel de la narrativa en su pintura como analogía a la escritura
de Miguel Ángel Asturias. Cotton, de hecho, ilustró varias portadas de
Asturias, sus ilustraciones correspondían en temática y en imaginación: Periodismo y creación literaria, París 1924-33, Hombres de
maíz y El árbol de la cruz.
Manuel José Arce es otro escritor fundamental que aparece en la obra de Rudy
Cotton, por su influencia humanista, por su visión de Guatemala; lo conoció en
Francia, lo pintó en 1985, en su serie Variaciones
sobre M.J.A. Al igual que todo, este artista regresa a cada uno de ellos
cada vez que puede, a una frase, a una anécdota. Es siempre su modo, como en la
pintura, de tomar la realidad y transformarla. Añadirle tiempo y buenos
recuerdos. Y transformar la realidad en geometría y color significa que se ha
logrado cierto nivel de entendimiento. Es la historia que narra Rudy Cotton en
su pintura.
Rudy Cotton, "Persistencias geométricas", 122 x 244 cm, 2014, acrílico/ madera -díptico- Foto y texto cortesía del artista

No hay comentarios.:
Publicar un comentario